acción y opinión

El guerrillero, hoy

In opinión, sistema político on mayo 22, 2011 at 3:56 pm

Bajo la sombra de Victoriano Lorenzo murió una patria y se levantó un mito. Meses después de su asesinato se resolvía que la “independencia era absolutamente indispensable para llegar a la meta de la felicidad”. Se reclamaba que los “grandes e incesantes agravios… en vez de ser atendidos…se agravan con persistencia y ceguedad” y en respuesta al centralismo se decidía que era “el momento de desatar vínculos” que producían infelicidad, “contrariando y haciendo completamente nugatorios los fines de la sociedad política”.

No se trata de creer en el discurso político, pero allí está, demostrando que el proyecto de organización social ejecutado desde entonces tiene consecuencias tan distintas para grupos tan diversos de la población panameña, que el discurso en alguna medida podría ser repetido por quienes siguen en las luchas contra el conservadurismo con disfraz liberal, nacionalista o progresista, ignoradas por todos los gobiernos, utilizadas por todas las oposiciones.

Como hace más de un siglo, el grupo humano del cual formó parte Victoriano Lorenzo y las clases sociales a él vinculadas, siguen aspirando al objetivo de la felicidad, a que los agravios sean atendidos y no agravados ciega y persistentemente. Se hace sentir en la defensa de las tierras y aguas, porque son la vida que le arrebataron, lucha por condiciones dignas de trabajo y una distribución justa de esfuerzos y bienestar para sus descendientes, se moviliza por educación permanente y de calidad, camina entre los que siguen buscando autonomía para poder existir como pueblos.

El final del guerrillero nos advierte la necesidad de autonomía en la organización de las comunidades indígenas y campesinas, así como de los sectores populares, afectados por políticas de despojo. Porque nadie puede representar mejor los intereses que el directamente interesado en su relación con gobiernos y otros sectores como sociedad civil, movimientos sociales y partidos políticos, representantes de la ciudad acomodada que nunca salvarán al campo, la comarca y el suburbio, y si hoy los considera es en la medida que se han manifestado y a la fuerza abren y exigen espacios de participación en defensa de sus derechos.

Esa autonomía debe extenderse a la lucha política, desde lo local, y por la transformación del valor de lo regional frente al poder central dentro de la organización y administración del territorio del Estado. Aunque parezca una necesidad para obtener algunos resultados inmediatos, no conviene incorporarse a la lucha política subordinados a fuerzas políticas tradicionales, centralizadas alrededor de la ciudad de Panamá y las áreas funcionales al país transitista, tampoco con alternativas que no entiendan esa necesidad de transformación de la estructura del Estado como fundamental en un proceso liberador.

En el primer caso, tales estructuras absorben y reflejan reclamaciones, pero como parte del sistema de poder no tienen interés ni capacidad de responder adecuadamente, truncando posibilidades a mediano y largo plazo. En el segundo caso, los cambios necesarios no son sólo de nombres y siglas, ni el despojo es más o menos aceptable según la orientación ideológica, declarada o real, negada o aceptada, de quien la alegue o la practique. El discurso alrededor de la idea de un Estado todopoderoso, hasta el momento compartido por todos estos actores del sistema político, sirve de articulador de las políticas actuales de despojo sobre los sectores cíclicamente despojados desde 1903, desde 1821, desde 1501.

Segundo, morir en la pelea, peleando, es suficiente motivo para recordar al guerrillero y buscar guía en su ejemplo. Hace años ya que en este país, la práctica política se conduce entre la negación de fines trascendentes y la negociación de los principios -cuando se han tenido- y se limita a la obtención del poder gubernamental para beneficio de círculos cercanos, prefiriendo complacer embajadas y gremios empresariales antes que consultar comunidades y ciudadanía. Victoriano nos da el honor de tener en nuestras filas uno de esos escasos ejemplos del único liderazgo que sirve, de una sola cara y comprometido hasta la muerte con su gente y sus aspiraciones.

La libertad y el orgullo de un país no se construyen sometiendo a quienes tienen visiones diferentes, como quienes hoy continúan luchando y aspirando a su felicidad. Es tiempo para derribar un mito y construir una patria, que no es únicamente crecimiento económico, sino humanidad.

Ramón H. Benjamín M.

Manos & Cerebros

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